EscritosJuly 23, 2005 2:50 am

Hablas de civilización y de lo que no debe ser,
O de lo que no debe ser como es.
Dices que todos sufren, o la mayoría de todos,
Con las cosas humanas tal como están.
Dices que si fueran diferentes sufrirían menos.
Dices que si fueran como tú quieres sería mejor.
Te escucho sin oírte.
¿De qué valdría que te oyese?
Si te oyera nada aprendería.
Si las cosas fuesen diferentes, serían diferentes: eso es todo.
Si las cosas fuesen como tú quieres, serían sólo como tú
[quieres.
¡Ay de ti y de todos los que se pasan la vida
Queriendo inventar la máquina de hacer felicidad!

(Fernando Pessoa - fragmento).

Nada quisiera con más desesperación que volver remediable lo irremediable. Una ausencia aquí, una presencia más allá… Jamás desee algo con tanta ofuscación: Eliminar la linealidad irremisible. Hubo un minuto, ¿fue medio, fueron dos?, en el que una esfera mutante y espinosa invadía su cuerpo para modificar su existencia y, en consecuencia, desfigurar mi entendimiento de la confianza y de las relaciones humanas. Es un fantasía casi quirúrgica la de extirpar esa secuencia vital y desintegrarla con el poder de mi fe en la belleza de la prolijidad. No hay nerviosismo ni llanto en los engranajes de mi máquina de hacer felicidad. Ni merecimientos o fragilidad. Sólo una perfecta sinfonía de buenas intenciones. Aunque pudiera confundirse el peso de la insensatez de mi invención con la maldad, la intolerancia o la omnipotencia. Pero en el método caótico del amor, la imbecilidad puede transformarse en razonamiento.

Y la culpa, ¡ah!, salva nuestro egoísmo en la búsqueda de los bordes del placer, físico o espiritual, que nos complazca en la idea de elevarnos del primitivismo de nuestros impulsos contenidos, que nos libere de la criminalidad potencial de las armas que son nuestros cuerpos. Armas de creación, de destrucción. Intrincadas mecánicas que dedican su vida útil a la superación de una fracción de sentimientos recurrentes, de los que el odio y el amor son apenas sus estrechos límites conocidos, sus últimas fronteras.

¿Qué clase de maliciosa pulsión hace que una mujer, en el vértice de sus capacidades generativas y con un niño pequeño, se vincule sexual y románticamente con un hombre que vive de la caridad de la muerte? Sentirá compasión por su condición de enfermo crónico, víctima de la exclusión estigmática y, mucho antes, de su propia postergación y desatención (o de la fantasía de la infalibilidad orgánica, que es real para un gran número de hombres inmaduros e irresponsables).

Espero que pronto él se duerma. A la señal de las primeras de sus respiraciones acompasadas, tanteo a oscuras la superficie negra de la cómoda frente a la cama, de donde las yemas de mis dedos recuperan con facilidad el neceser que se transformó, en los últimos dos años, en el precario botiquín de mi instrumental de autosatisfacción: Una pinza de depilar de acero alemán y un alicate de filo gastado que, sin embargo, mantiene el poder incisivo de sus dos puntas. Una vez dentro del diminuto cuarto de baño, el tiempo se detiene en el éxtasis de las nuevas heridas. Interrumpo el místico proceso natural de reparación de los tejidos con mis uñas que, como gubias de artesano, cavan los cráteres que forman el panorama lunar de mis piernas.

Fue un ensañamiento de causa imprecisa, aunque incontenible, el que inauguró mis sesiones de una encubierta y minuciosa exploración del dolor físico refrenado y la interrupción de la benevolencia de la curación. Mi cuerpo, generoso en manifestaciones dérmicas, me depara suficiente geografía para mi turismo del ardor y las costras: El bello pubiano encarnado, el cuero cabelludo, la espalda, los quistes, y una clasificación inespecífica de pústulas, vesículas y forúnculos.

EscritosJuly 20, 2005 1:30 am

Spring departs.
Birds cry
Fishes’ eyes are filled with tears.

(Basho).

¿Por qué?

117.

La mayoría de la gente enferma por no saber decir lo que ve y lo que piensa. […]
Toda la literatura consiste en un esfuerzo por volver la vida real. Como todos saben, aun cuando actúen sin saber, la vida es absolutamente irreal, en su realidad directa: los campos, las ciudades, las ideas, son cosas absolutamente ficticias, hijas de nuestra compleja sensación de nosotros mismos. Son intrasmisibles todas las impresiones, salvo si las convertimos en literarias.

(Fernando Pessoa, Libro del desasosiego, fragmento).

Cómo es posible que vuelva siempre, que recaiga en vos, y que cada pedazo de mi espejo destrozado sea un fragmento de tu misma cara desfigurada por la memoria y la enfermedad.
Inhallable en mi propio juego del desdoblamiento. Soy tuya y seré del resto de ustedes. Inexistente.
Las imágenes se sucedieron como si pasara las hojas de un libro con ilustraciones, de atrás para adelante. Animadas en la inmovilidad de mi pena: la lámpara de vidrio, redonda, con una cara de payaso pintada mirando hacia la ventana del que desde ese día sería su cuarto; el escenario del recital de poesía de mi escuela primaria; la moneda que escondí en el cajón de uno de los armarios, para que la descubrieran los nuevos habitantes de la casa de la que ya me iba; tus gritos desde la cama, el día de mi cumpleaños que olvidaste, reclamando una curación que no podía darte; lo inmensa que me sentía cuando te rescataba de las guardias hospitalarias y te dejaba a salvo y dormido, arrullado por el sonido del tren y en compañía de tu pastillero; la inconfesable esperanza de que murieras pronto, por mí, como un gesto de liberación para mí. Y sin embargo hoy, en la noche cerrada de mi tristeza, parecieras vivir con más determinación que nunca.