There is that in me – I do not know what it is – but I know it is in me.

(Walt Whitman – Leaves of grass – 50, fragmento).

En mi memoria fragmentada tendrá siempre cinco años y un cuerpo raquítico sin rostro.

Cuando llegué a verla ya estaba dormida, boca abajo, sobre la manta de la única cama del departamento de una sola habitación. La conocí una noche de ese período, que duró dos o tres años, en el que veía a mi padre una vez cada varias semanas, sin rutina, y, a pesar de lo que llegara a saber, me sentía incapaz de dejarlo: ¿Cómo sobreviviría?

Fueron años ásperos y veloces, de correr en bermudas, tropezar y caer de boca sobre el canto rodado. Aún cuando la espera de la muerte de mi padre, anunciada en cuadros agudos de su enfermedad recién diagnosticada, lentificara las horas y nos envejeciera, el tiempo era la medida de la fortaleza de una existencia amenazada por la posible demora del ir y venir frenético del enorme péndulo, testigo mecánico de las horas vividas.

La niña hedía. Sus pantaloncitos azules, ceñidos a sus piernas como ella a su sueño, estaban empapados. De ascendencia paterna incierta y una madre cocainómana en recuperación, sería por esa única vez mi hermanastra. La cena, de la que no participó, era en conmemoración del encuentro de nuestros padres durante sus sesiones de apoyo grupal en un centro terapéutico hospitalario.

Tan etérea era la niña, tan exigua la tibieza que emanaba su cuerpo que de no haber estado ensopada en su propia excreción hubiese pasado inadvertida. Y así fue, al menos a los sentidos de nuestros padres, que la dejaron dormir como si nada. ¿Qué primitivo mecanismo de preservación hizo que la pequeña no despertara mojada en llanto para reclamar su ropa seca?

Cuatro pisos abajo y a una cuadra de esa habitación oscura de paredes rotas, en una esquina, había un café de barrio con luz biliosa al que nuestros padres me invitaron. No fui. ¿Quién custodiaría tu siesta profunda y húmeda? Me quedé a tu lado, petrificada, temerosa de que reanimaras a la niña, de que abrieras tus ojos y yo tuviera que cerrar los míos o huir de allí para no tener que arroparte. Desde donde te miraba, sólo podía ver tu pelo negro y enrulado como el de tu madre. Fue un inmenso alivio que nunca despertaras. Así, no tuve que recordarte.