EscritosSeptember 12, 2005 3:44 pm

¡Yo no soy nadie! ¿Quién eres tú?
¿Eres – Nadie – También?
¿Ya somos dos entonces?
¡Ni una palabra! ¡Lo pregonarían, ya sabes!

(Emily Dickinson).

Fumamos cada una un Particulares 30 y a la segunda pitada abrimos la ventana para espantar el aroma a tabaco y el sonido de mis tosesitas ahogadas, causadas por el humo inexpertamente inhalado del primero de todos mis cigarrillos. Sus padres, dormían a un lado, su hermano menor, al otro, nosotras, nos desvelábamos entre medio.

Ella se reía con el pecho, mientras sus ojos miraban de frente las hondas pupilas de los perros negros de sus espantos. Yo entonces no lo adivinaba, tan enamorada como estaba de su precocidad, de su intelecto, de su fealdad, de sus ojos saltones y de sus tetas apoteósicas.

No podía saber, ni al menos intuir, que, al mismo tiempo que mi mente rebobinaba una selección de escenas de la tv-movie que terminábamos de ver por HBO (Danielle Steel’s ‘Palomino’), deshechas en risitas y fantasías rancheras, ella planificaba su suicidio. Y, sin embargo, nada había en la benevolencia de sus gestos, que me hiciera apenas creer que la muerte ya estaba en viaje, invocada por sus aullidos mudos.

Sedada, semiconsciente, colgó en su hilo de voz mi nombre como una señalización. ¿Acaso vería mi imagen en su regreso brutal a este mundo? Entreabrió los ojos cuando apoyé mi mano helada sobre la suya estática. A un costado de su cama asignada dormía, sonriente y atónito para siempre, el león peluche que le había regalado para su cumpleaños número dieciséis, celebrado entre los íntimos dos meses atrás.

Apenas terminó de rendir los exámenes de todas las materias del anteúltimo año de bachillerato, en cinco días y con el mínimo esfuerzo, me invitó a pasar el fin de semana en la casa que su familia tenía en un pueblo apenas poblado de las afueras de la ciudad, en el que las autoridades locales planificaban inaugurar una cárcel de máxima seguridad. Mi padrastro accedió llevarme en su auto ya caída la noche del viernes.

Me esperaba arropada por la oscuridad de una noche cerrada, rodeada por el silencio bullicioso del atardecer campestre: los cantos de aves extraviadas, los ladridos de perros salvajes, la agitación del viento sobre las hojas de los árboles, sobre el rocío del césped, el croar de los sapos, el chapotear de las ranas en la pileta de natación, la agonía de un alacrán mutilado. El cielo espeso como nuestros pensamientos sobre las confesiones que acechaban esa primera noche juntas desde su salida del sanatorio.

Sus padres habían regresado a la ciudad apenas una hora antes de mi llegada. Mi padrastro me despidió sin salir de su auto, dispuesto a desandar las dos horas de ruta lo antes posible para no perderse la cena junto a mi madre.

Tenía el aura majestuosa de un superviviente con conciencia. Yo, incluso antes de atravesar la cerca de madera, sentí una repentina aversión por su desfasaje que hasta ese día me fascinara. I want my mommy!

La atmósfera dentro de la casa de campo era inquietante. No había música ni ningún otro aparato encendido. Sólo las luces indispensables para no tropezar contra ningún mueble o en el recorrido por el pasillo que conducía a la habitación que compartiríamos de inmediato. No había comida esperándome. En cambio, la rutina severa de los peones se impuso sobre mis antojos.

Su pijama le ahorró la descripción de nuestros próximos planes. No la contradije. Con el aplique del baño contiguo encendido como única referencia lumínica, nos acostamos sin vernos las caras. En el cuarto, apenas iluminado, se distinguía, además del leve ámbar del foco, el azul de los rayos lunares que lograban filtrarse entre las nubes de un cielo bajo. Era una noche húmeda de verano, pero yo hubiese hecho fuego para calentarme los pies helados. Debajo de la sábana, junté las palmas de mis manos como una devota a punto de alzar sus plegarias y, a su vez, las apreté con fuerza entre medio de mis muslos tibios.

Entonces, con voz aterciopelada, sugerente de un clima tenebroso, comenzó a leer: “Estaba agotado, agotado hasta no poder más, por aquella larga agonía. Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis oídos. Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me pareció que se apagaba en el indefinido zumbido de un sueño”.

A medida que avanzaba en el relato, mi corazón delator no era sino el eco de una pulsación acelerada. Mi respiración contenida. La atmósfera fue creciendo en tensión. La idea de la muerte comenzó a brotar de una de las paredes como una colonia de hongos. “Y el Universo fue sólo noche, silencio, inmovilidad”.

Su lectura, monocorde y sin quiebres, hacía posible que sintiese el filo de la cuchilla a centímetros de los ojos. Y en ese instante se me reveló la hondura de su desesperación. De su salto irreversible, de su declaración inequívoca. Torturador y torturado. Víctima suicida, ¿para qué me habías llamado? No se lo pregunté.

Dos semanas después del episodio que agitó el musgo de la comunidad de la escuela, los expertos concluyeron que se había tratado de un severo llamado de atención dirigido hacia los mayores desatentos. Ciertamente no había querido terminar con su vida, sino tan solo lastimarse seriamente para convertir al resto de nosotros en testigos involuntarios de sus pesares. Resolvieron.

La sentencia de su caso, que quedaba así archivado con carátula de accidente, terminó por desintegrarle el espíritu. Y, entonces, quiso regresar al lugar del que la trajeron. Volver a desprenderse de su cuerpo exuberante, que la avergonzaba, de sus rasgos de pájaro exótico, que la atormentaban, y por fin desenvolver la hermosura de su conocimiento. Desenmascarar la estupidez de padres escandalizados, de educadores con falsa empatía, de monjas y curas persignándose ante el pecado mortal de intentar matarse para ver si es que hay un dios.

Que yo le creyera en su determinación me convirtió en la única testigo del verdadero hecho y en su confidente. Si la madre no la hubiese encontrado a tiempo, inconsciente, tendida de brazos abiertos sobre el suelo de su habitación. Si antes de ceder a su ataque de gritos y llanto, no hubiese llamado al servicio de ambulancia que la trasladaría a un quirófano de guardia, donde le lavarían apresuradamente y con violencia el estómago hinchado de somníferos y whisky, jamás habría escuchado un ruido de voces humanas, un huracán de trompetas, un poderoso rugido semejante al de mil truenos, y los muros de fuego no se habrían echado hacia atrás precipitadamente.

“Un brazo alargado me cogió del mío, cuando, ya desfalleciente, me precipitaba en el abismo. Era el brazo del general Lasalle. Las tropas francesas habían entrado en Toledo. La Inquisición hallábase en poder de sus enemigos”. Cerró el libro. Con la misma voz de secreto y como si se tratase de la continuación del relato, me describió con precisión forense los que ella pensó que serían sus últimos momentos de vida.

Frías mis manos todavía en mi entrepierna, temerosa toda de su inminente revelación, la interrumpí con el aturdimiento propio del pánico para increparla en una imitación suficiente del coraje, aún con mi tono trémulo de virgen, y, con el mismo efecto de un alarido, puse en duda su real intención de matarse. Me apropié de cada una de las sospechas y las lancé por el aire como en una lluvia de flechas, traicionando a mi única heroína adolescente, a mi amiga suicida, a mi amor inconfesable.
Esa fue la última noche que dormimos juntas.

PoetasSeptember 8, 2005 6:26 am

Time will say nothing but I told you so,
Time only knows the price we have to pay;
If I could tell you I would let you know.

If we should weep when clowns put on their show,
If we should stumble when musicians play,
Time will say nothing but I told you so.

There are no fortunes to be told, although,
Because I love you more than I can say,
If I could tell you I would let you know.

The winds must come from somewhere when they blow,
There must be reasons why the leaves decay;
Time will say nothing but I told you so.

Perhaps the roses really want to grow,
The vision seriously intends to stay;
If I could tell you I would let you know.

Suppose all the lions get up and go,
And all the brooks and soldiers run away;
Will Time say nothing but I told you so?
If I could tell you I would let you know.