Como sigan ladrando esos perros, terminaré por arruinarme.
(Virginia Woolf, Diarios - fragmento).
Mi pecho se hunde como un barco de papel en una fuente, a pesar del esfuerzo de los hombros, de la dureza del colchón y de todas las veces en las que me digo que, de no aplicar las prácticas de algún ejercicio que rehabilite mi postura, creceré una joroba de tortuga marina en mis espaldas y daré para el resto de mi vida el aspecto hondo del abatimiento que no debería permitirme sentir.
Regresaron las medusas, el nido de serpientes a mi cabeza, mi cueva húmeda alborotada por pensamientos autodestructivos: fumar, abandonarse, agonizar. Qué no daría por prender un cigarrillo sin filtro, armado con tabaco reservado, comprado hace un tiempo en el negocio semioculto de un hombre de bigotes frondosos, dientes amarillos, mirada esquiva y llavero de cascabel. Si no fuese porque me duele la garganta con la advertencia de mis amígdalas inflamadas y crecidas, prendería uno después de otro y me ausentaría de mí. Dejaría ir los restos dispersos de mi alma al confinamiento del limbo chamánico, a medio camino entre la tierra y el espacio exterior. Dejaría de sentir este ánimo enojoso y agotador para adormecer todos los labios, anestesiados en mi indiferencia hacia el porvenir. Esta opresión en el pecho y la pesadez de mi nuca, son mis llamadores físicos, los únicos restos de la totalidad.
Rostropovich toca su chelo sin envejecer, en un momento recortado del infinito, preso en la repetición de mi reproductor de discos. Una y otra vez. Ahora, stop! ¿Qué quiero? Nada. Aunque, algunos días, un hijo sin padre. Otros, desandar los brazos del delta del Paraná con las manos fuera del bote a remos, sin sentir asco por el racimo de huevos rosados, por el barro con olor a mierda no muy lejos de los camalotes o por la indiferencia de las personas que dicen amarme y me abandonan a la suerte de un timón incontrolable. ¿Y si chocamos?
Voy a nadar con la soga a la cintura para no pensar en los mortales remolinos de río y cerca de la costa clavaré mis pequeños pies, de uñas problemáticas, dentro del barro espeso en el que mis plantas distinguen irregulares pedazos de desperdicios, algunos vidrios ya sin filo y la vida esquiva de los peces. Río adentro, la barbilla de un bagre acaricia mis piernas tan blancas como su vientre. No tengo miedo. Por primera vez siento la inmensidad debajo de mí porque puedo nadar para siempre en un río imprevisible y animado. Puedo volar en este cielo líquido en el que las culebras son dragones, las viejas de agua, brujas, las rayas, nubarrones, los dorados, estrellas fugaces. Donde respiro es el inframundo de mi universo al revés. Vista así, mi canoa roja no es sino la llama de una fogata o el reflejo lejano de un incendio. Desde este arriba, el muelle de mi casa es una jaula y mi padre un astronauta, un caminante del espacio.
