EscritosNovember 10, 2005 9:05 pm

Al verlo por primera vez, su cara se volvió más nítida que todo lo demás a su alrededor. Mis ojos eran la mira del rifle de un franco-tirador apuntando a los suyos, impresionantes y tan turquesas como las piedras de un ornamento navajo.

Pasaba las hojas de un libro de fotografías del noroeste argentino; sus larguísimas piernas flacas cruzadas y esa actitud de confianza de quien espera que cualquier día lo sorprenda un emisario del Palacio de Orange para anunciarle el fatídico error y notificarle que efectivamente nos encontramos frente al heredero real.

En tanto espera la noticia del esclarecimiento del trágico malentendido que lo alejó, por más de 25 años, del confort nobiliario para el que, no caben dudas, nació, hace turismo tercermundista.

Lo encontré -un hallazgo- al atardecer, en la mesa arrinconada del bar que unos amigos tenían, por esos años, en Tilcara. A la hora en que el viento es insoportable y frío, y la gente se refugia, prepara guisos y prende el hogar.

Me presenté con alguna excusa que ya no recuerdo del todo. Quizás un comentario interrogativo sobré qué lo traía por esas alturas, en donde el aire infarta a los cardíacos y el tiempo corre soporífero como en el despertar de una siesta constante.

Esa misma noche lo invite a cenar un asado en casa de mis amigos y terminé por convencerme de que lo nuestro era amor. En unos meses más cumpliría 21 años y pensé que ya era momento de vivir una de esas pasiones tormentosas con las que venía delirando desde que me enamoré por primera vez de mi suicida compañera de escuela.

B terminaba de licenciarse en física, y esa fue la explicación que encontré más adecuada para entender su displicencia y ese escarchado estado de ánimo con el que neutralizaba todas mis iniciativas sensuales. Ahora sé que yo no lo atraía en lo más mínimo, aunque esto no nos impidió, dos meses después de nuestro primer encuentro, hacer el amor como desaforados en todos los cuartos con puerta que tuvimos al alcance.

Lo reencontré en Buenos Aires, sentado en las escaleras del Museo Nacional de Bellas Artes. Hacía un calor exasperante. Al verlo, me arrojé a sus brazos, petrificados ante el pavor de mi intempestiva bienvenida, y esa misma tarde lo llevé a vivir conmigo.

Llegué a mi casa con el holandés como quien se encuentra un cachorro de gato en la vereda y mi madre, superviviente de los lisérgicos setenta y de corazón piadoso, nos preparó la cena de nuestra primera noche juntos.

Una semana más tarde, mi único hermano, que llevaba viviendo fuera del país más de dos años, llegó a la casa familiar para las navidades y se encargó de echarlo a patadas. “O él o yo”. Y tuvimos que elegir. De buena gana acomodé a mi conquista en un hotel a cinco cuadras de mi dormitorio y él no opuso resistencia. Podría decir con justicia que la única resistencia que oponía era cuando nos acostábamos juntos, como para evitar rodar sobre el colchón y caerse al piso.

La pensión estaba administrada por una mujer de pensamiento descoordinado, miembro de una secta afrobrasileña y practicante avanzada de magia negra. El cuarto de B estaba pegado al patio interno, en el que se reunía toda la familia propietaria del desvencijado hospedaje y jugaba a las cartas hasta las tres de la mañana, todos medios desnudos por el calor.

Entre hijos, tíos, sobrinos y una abuela paralítica, en las noches más frescas llegaban a doce. Las reglas del hotel eran precisas: Prohibidas las visitas. Además, los dueños eran una familia de fanáticos y la idea de que las personas tuvieran vida sexual los predisponía a los malos tratos.

Así que todas las mañanas, en el horario en que la encargada se ocupaba de la limpieza de los pisos superiores, me escabullía hacia la puerta de calle con paso de espía. Por la noche gemía, como agonizando (para evitar los ladridos del perro felpudo), frases de actriz porno holandesa que yo apenas entendía pero que provocaban en B sus más vigorosas eyaculaciones.

Una tarde de añoranza por el agua roñosa de los canales de Ámsterdam, B me pidió, apenas entré en la habitación, que para ese tiempo ya compartíamos, que me desnudara: Quería retratarme en su cuaderno de viajes. La idea me pareció fascinante. Además, la propuesta me confortaba de sus silencios sostenidos, de los que salía circunstancialmente para negarse a algo. Era como uno de esos fugitivos cinematográficos; cuando terminaba de coger, fumaba un Marlboro, tomaba un trago de vino barato y se dormía satisfecho con su resultado testicular.

Me transporté al atelier, improvisado es este hotel de camas de pino, de un Van Gogh reencarnado en este escuálido individuo al que le seguía pagando las cuentas del restauran por una obstinada convicción sentimental.

Al cabo de no sé cuánto tiempo, en el que permanecí en posición de inconmovible maja desnuda, se volvió con su obra entre las manos y una media sonrisa de satisfacción que me auguró un momento de gracia.

Mi contorno, la intimidad de mi cuerpo despojado de accidentes exuberantes, confiado, estaba ahora siendo honrado en el sensitivo lápiz del holandés errante.

El dibujo de un animal de granja para unir con puntos , de esos que se publican en las revistas especializadas para maestras jardineras, hubiera tenido, en comparación, el espíritu de la mirada del más célebre de los cuadros de Vermeer.

Escritos 8:35 pm

Then they followed
where the vision led,
and saw their sleeping child
among tigers wild.

(William Blake, The little girl found - fragmento).

Es una madrugada sacada de algún poema de Salvo el crepúsculo. Merecería ser vivida en un país extranjero, desconocido.
La primera noche de muchas. Merecería tenerte cerca, en mi boca, como al vicio del tabaco retomado. Y, sin embargo, no tengo una naturaleza solitaria. Mi espíritu es más bien gregario y mi alma me exige comunidad a la hora de la cena. Amalia me enseñó a diferenciar lo uno de lo otro: el espíritu del alma.

Más allá de mi voluntad y lejos de mis deseos, tengo una mente concebida para el orden y la sinceridad. Es en el método que encuentro mucho de los placeres estéticos de la vida cotidiana.

Pocas acciones me resultan más deleznables que la de poner la otra mejilla. La inmolación de la propia prioridad por la felicidad sugerida del resto o, peor aún, por su comodidad. Es una elección lastimera, impiadosa de esas personas que, no importa cuáles sean sus circunstancias, están bien dispuestas a sobreponer a su cargo el de alguien más. Estando mal se encuentran lo suficientemente bien. Un estoicismo deshonesto y absurdo. Ridículos. Obscenos. ¿Quién puede transportar un cuerpo muerto por amor?

Escritos 8:27 pm

Ricitos de oro. Soy una intrusa comiendo de tu pan, tomando tu café recién molido, ¡delicioso! Para colmo, mi mascota y mi sombra eligen dormir la siesta del lado de tu almohada.

¿Cuánto tiempo más disfrutaré de esta vida de responsabilidades eludidas? En siete meses cumpliré treinta años. Trein-taaa: El nombre de un espectro sin rostro, que acumula un fascículo extenso de tareas que debo resolver, de culpas que debo asumir, de insatisfacciones y pocas recompensas. Se acerca sin cerebro, autómata, programado. Veo su figura todavía relativamente lejos. No tengo dinero para detenerlo, para comprar sus indulgencias que son parte de mi liberación, de mi emancipación.

Tuve una vida demasiado pronto, no supe qué hacer con ella y la dejé morir delante de mí. Un bonsái de mi posible existencia, sin agua. Precoz, confusa, espectadora de mi propia actuación para los otros, sí, pero para mí más que para nadie. Simuladora de mi adultez, de una sexualidad arrolladora para mi tamaño. ¡Que no se den cuenta! Ahora es momento de incorporar a los otro, a lo otro, dentro de mi ejercicio poco vital de ensoñaciones y fuertes condenas peyorativas. Una verdadera sorpresa para el resto, acostumbrado a la versión censurada de mi personalidad ambivalente y agresiva.

¿En qué momento se volvió amarilla y seca la primera de las muchas hojitas? Durante el comienzo del fin. Este precipicio desde el que escribo, en una parada de la caída libre hacia la realidad.

Un momento, ¡shh! Lo contaré sin apuro, sin dejar de disfrutar la lengua de mi perra yendo y viniendo por el dedo gordo de mi pie derecho. El principio del fin fue ese instante, impreciso pero cierto, en el que me sentí desprotegida como un cachorro paralítico.