Ricitos de oro. Soy una intrusa comiendo de tu pan, tomando tu café recién molido, ¡delicioso! Para colmo, mi mascota y mi sombra eligen dormir la siesta del lado de tu almohada.

¿Cuánto tiempo más disfrutaré de esta vida de responsabilidades eludidas? En siete meses cumpliré treinta años. Trein-taaa: El nombre de un espectro sin rostro, que acumula un fascículo extenso de tareas que debo resolver, de culpas que debo asumir, de insatisfacciones y pocas recompensas. Se acerca sin cerebro, autómata, programado. Veo su figura todavía relativamente lejos. No tengo dinero para detenerlo, para comprar sus indulgencias que son parte de mi liberación, de mi emancipación.

Tuve una vida demasiado pronto, no supe qué hacer con ella y la dejé morir delante de mí. Un bonsái de mi posible existencia, sin agua. Precoz, confusa, espectadora de mi propia actuación para los otros, sí, pero para mí más que para nadie. Simuladora de mi adultez, de una sexualidad arrolladora para mi tamaño. ¡Que no se den cuenta! Ahora es momento de incorporar a los otro, a lo otro, dentro de mi ejercicio poco vital de ensoñaciones y fuertes condenas peyorativas. Una verdadera sorpresa para el resto, acostumbrado a la versión censurada de mi personalidad ambivalente y agresiva.

¿En qué momento se volvió amarilla y seca la primera de las muchas hojitas? Durante el comienzo del fin. Este precipicio desde el que escribo, en una parada de la caída libre hacia la realidad.

Un momento, ¡shh! Lo contaré sin apuro, sin dejar de disfrutar la lengua de mi perra yendo y viniendo por el dedo gordo de mi pie derecho. El principio del fin fue ese instante, impreciso pero cierto, en el que me sentí desprotegida como un cachorro paralítico.