A, mi único hermano, está persuadido de que sufro una parálisis emocional irreversible, producto de mi malacrianza, y en su convencimiento me trata como a una lisiada. Él conoce el contenido de cada secuencia de mi vida como debería ser y su tolerancia apenas le permite considerar mis elecciones como independientes y venidas de un ser con pensamiento propio.
Hace más de una década que vive fuera del país. A sus 27 años ya había recorrido cuatro de los cinco continentes. Durante gran parte de nuestra vida adulta, sus llamados provenían de sitios tan inverosímiles como Doha, T’bilisi o Vilnius. Llegamos a estar tres años sin vernos, apenas hablándonos por teléfono para los cumpleaños y las navidades. Mi madre se preocupaba especialmente mientras duraban las visitas de mi hermano a los Emiratos Árabes Unidos, decía ella, por su naturaleza irreverente, con una fuerte tendencia al escándalo y a la actuación sin premeditación, como la de un monarca caprichoso y universal.
Es seductor aún sin proponérselo y tiene el carisma de un oso panda feliz y despreocupado, comiendo su bambú en cualquier parte. Si acaso sufre, siento la compulsión de postergar mi vida para aliviar su dolor con vigorosas arengas deportivas y comidas dulces que él agradece recobrando su sonrisa y volviéndose a ir. Pienso en A como en un fenómeno climatológico: un tornado, una tormenta tropical. Un cataclismo devastador, incuestionable y magnífico. Un rayo eléctrico a campo traviesa. Una risa atronadora. La luminiscencia residual de los pescados muertos.
Esta mañana se despertó en la cama de su amante de la adolescencia. Olvidó el pasaporte sobre la mesa del desayunador de la casa materna y perdió su avión. Para él, la vida es una sucesión de eventos espontáneos, veloces y poco contemplativos en la que el nivel de vitalidad se mide por el número de acciones riesgosas y furibundas. El resto de los mortales sufre por decisión propia, porque se le antoja, porque es una excusa inmejorable para no saltar de roca en roca sin pensar en quebrarse los tobillos. Seguir adelante. Apenas una enseñanza del pasado, todo porvenir. Cualquier constancia caducará para el mismo momento en que quede construida: Un fragmento de un diario de viajes con los sucesos de ayer, una postal manuscrita sellada dos semanas atrás, las fotos reveladas de sus últimas vacaciones en el mar de Andamán.
Cuenta la fábula familiar que mi hermano, como corresponde, detestó mi llegada a este mundo con la misma intensidad con que mi tío Horacio, con diagnóstico de psicosis y beneficiario de la, por entonces, moderna terapia de electrochoque, la adoró como a un pesebre. No tengo recuerdos reales de su visita a la maternidad del sanatorio, en el que mi madre me dio a luz el argentino y fatídico mes de marzo de 1976; la única vez que me vio antes de morir, poco después, atado, de espaldas y con correas de cuero, a la cama de un neuropsiquiátrico municipal. Mi confidente invisible, alto y rubio de ojos verdes, herencia facial de mi abuela Mercedes, andaluza de mordida venenosa y fatal.
