La niña era un ser hecho para amar, hasta que se hizo muchacha y aparecieron los hombres.
(“Una historia de tan grande amor”, Clarice Lispector.)
Como por arte de magia. Un truco del que se conocen los motivos secretos, su envés de realidad. Así lo amo sin perdonarlo, como si fuese posible.
En la imposibilidad de nuestro vínculo también pensaría él cuando me envió este poema de Roberto Juarroz.
Me doy vuelta hacia tu lado,
en el lecho o la vida,
y encuentro que estás hecha de imposible.
Me vuelvo entonces hacia mí
y hallo la misma cosa.
Es por eso
que aunque amemos lo posible,
terminaremos por encerrarlo en una caja,
para que no estorbe más a este imposible
sin el cual no podemos seguir juntos.
Llueve a cantaros, sapos de punta o ranas muertas; baldazos. Mi perra duerme ovillada en su camita, que traje del dormitorio y acomodé al lado del escritorio de la computadora. Escucho el grito desgarrador de I put a spell on you. Me pregunto qué me separa de la alegría de estar viva. ¿Ya no disfruto de mojarme? Caminé dos cuadras por la calle Ramallo sin paraguas ni piloto, con gotones colándose por la séptima vértebra y resbalando por mi espalda hasta el sacro-cóccix. Cuando encontré un taxi desocupado, venía por el camino que me alejaba de esta casa en lugar de acercarme. De cualquier manera lo detuve. Me acomodé muda al volumen demasiado alto de la radio, a los ojos verdes del chofer que cada tanto miraban por el espejo retrovisor y, de casualidad, por un instante, chocaron a los míos oscuros y momentáneamente ciegos. En mi mente repasaba una secuencia de cien discusiones. Y ahora que el taxi me acercaba a la casa que compartimos, parte de mí, esencialmente, huía hacia el lado contrario, ¿hacia dónde? Cada vez me definen menos palabras y ningún lugar.
En la boca tengo el gusto generoso de una aceituna negra y carnosa. Hace dos días que como recuerdos, que me alimento de sensaciones y líquido. Es el primero de todos los vicios de mi tristeza. Empezaré a fumar con más asiduidad, las cutículas ganarán terreno sobre la superficie de mis uñas, dos hamacas tejidas con hilo negro colgarán de mis párpados inferiores y la pesadez de muchos sueños adeudados me abatirá a media tarde.
¿Cuántas personas ya no llegaré a conocer?
Soy como un animalito que salvaste de esta misma lluvia y con el que ahora no sabes qué hacer.